De chiquito me enseñaron a no ser maricón

Por Ana Carbonetti*

De mi niñez, siempre recuerdo las alertas de mi vieja. Recuerdo a esa mujer, señalándome los peligros de la calle, recordándome a mí y a mi hermana que no camináramos cerca de las puertas ni de los autos.

Entonces el recorrido diario se restringía a un camino unívoco por el medio de la vereda, cuidándonos neuróticamente de los peatones de derecha y de izquierda. Por la noche la alerta aumentaba y nos exigía no andar solas en la nocturnidad, no emborracharnos de más ni ir a la casa de cualquiera.

Mientras tanto, a mis hermanos los convocaban a ser los hombres de la casa. Ellos tenían más libertades que nosotras, incluso más confianza del mundo adulto aunque sistemáticamente demostraran ser más irresponsables.

A mis hermanos, de chiquitos, les enseñaron a no ser maricones. El chiste “del puto” siempre estaba entre los grupos de chabones que armaban la previa a la salida del sábado en mi casa. Yo era piba, la más chiquita de los cuatro que somos y recuerdo a la perfección ese código de la violencia “amistosa” que todavía traza los vínculos adolescentes entre los varones de nuestra sociedad.

En la madrugada del sábado 2 de septiembre, Jhonan de La Barrera y Joel Rochieri, fueron interceptados por un grupo de adolescentes que primero los insultaron y después los golpearon hasta dejar a uno de ellos hospitalizado.

Jhonan y Joel son pareja. El dato de su noviazgo no sería relevante si los jóvenes que los agredieron no hubiesen explicitado, golpiza mediante, el fundamento del ataque: “¿Qué haces puchero, puto de mierda?”, “al negro también”.

En esa frase se condensa algo más que la inscripción de la paliza en una acción homofóbica y racista. Esos pibes, a los que lúcida y paradójicamente Jhonan y Joel pidieron no condenar, son el síntoma de una educación patriarcal que se envalentona en su praxis en tiempos en los que ciertos discursos refundan los pactos sociales.

La narrativa del ataque: un guiño al patriarcado

Durante estos días convulsionados por la desaparición forzada de Santiago Maldonado a manos de la gendarmería, las acciones de las redes feministas por la búsqueda de Jhoana Ramallo frente a la desidia judicial y la carrera electoral hacia el 22 de octubre, es difícil – pero necesario- detenerse a revisar algunos enunciados que nos proponen a diario los medios de comunicación.

Jhonan (1)Luego de que se hiciera pública la golpiza a la pareja gay en La Plata, a través del muro de Jhonan que hizo un descargo al respecto, la maquinaria mediática no tardó en encender motores para montar, rápidamente, un show anunciado.

Las narrativas sobre lo sucedido anticipaban, ya en los títulos, que una pareja gay había sufrido un ataque de un grupo de jóvenes con principal énfasis en la edad de lxs atacantes, pero hacia el interior de la nota no problematizaban nada de lo ocurrido. Una semana nos separa del hecho y luego de una recorrida exhaustiva por los principales medios de comunicación del país es posible afirmar que ninguno de ellos – habiendo hecho coberturas televisivas, crónicas gráficas y radiofónicas- realizó un análisis respecto de las posibles causalidades que hacen que un grupo de 20 pibes cague a palos a otros dos jóvenes por negros y por putos.

El rol de los medios de comunicación en situaciones impulsadas por el odio y el machismo, siempre suele ser el de reforzar algunas nociones tendenciosas que terminan desviando la atención de las audiencias del problema de fondo hacia otros discursos que, bajo el manto de las noticias informativas, van creando los nuevos enemigos internos.
En las noticias los jóvenes aparecen siempre en clave criminológica. Rara vez puede encontrarse algún relato que involucre a un grupo de jóvenes desde una perspectiva que destaque sus potencialidades. Y cuando la hay se tiende a individualizar y tornar casi heroica la posibilidad de que un pibe o una piba, aún no consagradxs en el mundo adulto, haga algo bueno con su vida. Como si el único destino posible para lxs jóvenes fuera el fracaso o el delito.

“Patota” y “adolescentes” de “entre 14 y 16 años” fueron los principales conceptos que trazaron la línea discursiva de las notas. Así, repetidas casi de forma automática, en un copy-paste que caracteriza el tantas veces lamentable circuito gráfico en el que trabajamos, las palabras se convierten en cadenas significantes que amasan tendenciosamente el sentido común de las audiencias. Y lxsciudadanxs bien se indignan y ejercen su derecho a descargo en comentarios de blogs y páginas web, condenando a una generación perdida de antemano.

El descargo que hizo Jhonan en redes sociales intentaba, entre otras cosas, problematizar el ataque que había sufrido junto a su compañero como parte de una educación patriarcal que convierte a los hombres en machos cuando estos ejercen la violencia como refuerzo de su virilidad. Pero ningún medio se hizo eco de esta parte del testimonio y continuaron presentando el hecho de forma fragmentada y ahistórica.
La heteronorma es un orden social, político y económico que presenta la heterosexualidad como el único modelo válido de relación sexoafectiva y de parentesco. Y es como un mounstruo que se alimenta de marginar, invisibilizar y perseguir a todo lo no-heterosexual. La heterosexualidad no es una mera orientación sexual, es un régimen político que intenta subordinar los cuerpos, los deseos y las prácticas.

El chiste del puto siempre estuvo y está entre los grupos de pibes, en la cancha, en una pelea de tránsito, en la escuela. La alerta entre padre e hijo frente a la posibilidad de que alguna actitud del niño sea vinculada con “lo maricón”, forma parte de la matriz desde la que educan, en casi todas las partes del mundo, a los hombres.

Mientras sigamos educando machitos prepotentes seguirán existiendo patotas que den palizas a putos y medios de comunicación que vendan noticias sobre inseguridad y jóvenes peligrosos y sociedades que pidan mano dura para esos jóvenes, y políticos que nos den palizas permitidas.

Ojalá la posibilidad de ser noticia, de Jhonan y Joel, no estuviera signada por ser la pareja gay a la que le pegaron y fuera, en cambio, por sus militancias emancipadoras del régimen heteronormativo, por su capacidad de amar entre tanta marea y por proponer otro modelo de masculinidades que no refuerza su virilidad pegándole a nadie sino, por el contrario, ejerciendo el maravilloso oficio de ser varones con consciencia feminista.

Anita


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