Encuentro de Varones Antipatriarcales: El desafío es repensarse

El fin de semana pasado, cientos de varones nos juntamos en la Universidad de Avellaneda y en la sede de ATE (según el día), por el 7° Encuentro Nacional de Varones Antipatriarcales (ELVA). Durante tres jornadas, hombres disidentes y cis-hetero (elles nos dicen “pakis”, por paquidermos) compartimos experiencias en torno a los feminismos, y debatimos nuevas formas de repensar no solo nuestras prácticas machistas, sino toda la estructura cultural que sedimenta las masculinidades.

Por Francisco Paladino

La séptima congregación de varones que no queremos ser más cómplices del patriarcado tuvo como principal elemento a celebrar lo que su nombre indica: el encuentro. Verse y reconocerse con otros hombres que se atrevieron a cuestionarse es un punto de partida maravilloso para proponerse ir más allá. En nuestro cotidiano, los varones cis-hetero que decidimos tomar el guante lanzado por las compañeras de la cuarta ola nos hallamos confundidos, desorientados y en busca de certezas. Sabemos que nuestro lugar en (o al costado de) el feminismo es discutiendo entre nosotros, y nunca invadiendo los espacios de las mujeres, lesbianas, trans y travestis, pero no mucho más. Y el ELVA no resuelve nada, pero al menos nos da la alegría de saber que ahí afuera hay otro varón que tiene en sus manos las mismas preguntas.

En cuanto a las disidencias, su representación en el encuentro fue minoritaria pero contundente. Cada voz disidente sonó como un trueno entre los pakis asustados, que no podemos ni empezar a dimensionar las luchas que cada cuerpo no heteronormado lleva adelante. En todas las intervenciones observadas exigieron justicia. Elles tienen, o parecen tener, muy claro el camino a seguir. Nosotros escuchamos y tratamos de aprehender. Como nos sabemos responsables, protagonistas de la segregación, respondemos con eso que tanto nos cuesta: callar y oír.

El encuentro estuvo también atravesado por la marcha del orgullo, que se tomó como parte del cronograma del sábado, al igual que la fiesta nocturna “Arde paki”. Para la parte más formal, hubo 28 talleres, paneles, comisiones y las respectivas plenarias de apertura y de cierre. Participaron muchas organizaciones del campo popular, de las izquierdas y del peronismo, y tomaron la palabra grandes referentxs de la temática, como Dora Barrancos, Marlene Wayar y Say Sacayán, hermano de Diana.

En los talleres y espacios de debate, las propuestas fueron tan variadas como las identidades participantes. Construcción de la masculinidad, represión a las disidencias, paternidades, ESI, marikas en la política, machismo en sindicatos y organizaciones fueron algunos de los temas puestos sobre la mesa, bajo la consigna principal “NI MACHOS NI FACHOS” que nos propuso en síntesis cuestionarnos dos variables: la violencia misógina y la homolesbotransfobia. En esas dos líneas se desarrollaron también los debates.

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Respecto de la violencia hacia las mujeres, la propuesta es inequívoca: hay que repensar las prácticas propias. Todos llegamos al encuentro sabiendo que somos parte del problema, y buscando ser parte de la solución. Pero la solución está lejos, así que corresponde centrarnos en el problema: nosotros mismos.

Para poder emprender el camino de la deconstrucción seguimos las miguitas que las compañeras y la militancia LGBTIQ+ nos dejaron, cual Hansel y Gretel. Una vez dados los primeros pasos, nos encontramos en medio de un bosque oscuro donde acechan los peores (de verdad, los peores) fantasmas de nuestra masculinidad. Violencias que ejercimos contra otres, violencias autoinfligidas, las violencias de papá, de mamá, todo lo que nos obligaron a ser y todo lo que no nos dejaron ser. TODO. Y nosotros solos, desnudos en el bosque.

No pretendo con este análisis jerarquizar nuestras problemáticas de pobres niños blancos que tienen todo menos amor, pero es la sensación que muchos afrontamos. Entendemos, por supuesto, que lo urgente es terminar con la violencia machista y revisar nuestras prácticas para dimensionar cuánto daño les hacemos a las demás identidades sexo-genéricas. La prioridad es alcanzar la equidad. Pero para siquiera pensar en ir a buscarla tenemos que desandar nuestro camino a la hombría, una ruta repleta de baches que nos convirtió en los machirulos violentos que somos. Y ahí vamos.

Después, por el lado de los miedos a les otres, Dora Barrancos fue muy clara: “Siempre he pensado que (aquellos que discriminan las disidencias) le temen al espectro de la subversión de su propia sexualidad”. En sintonía, los talleres para pakis fueron al hueso y nos hicieron vincularnos físicamente con los demás. Tocarse, abrazarse y hasta chuparse fueron las tareas propuestas para empezar a desarmar nuestro terror anal. Al principio es chocante, y hasta podría decirse que algunos métodos resultan un poco bruscos, pero el objetivo es poder pensar desde otra perspectiva las relaciones homoafectivas, lo cual sin dudas nos ayudará a ser más empáticos, y a construir vínculos emocionales más sensibles, tema áspero en una estructura social que empuja al varón a la competencia constante.

De las dos propuestas generales (fobias y misoginia) decantan, a grandes rasgos, dos caminos de reflexión. Para todos, pero más que nada para los pakis.
Por un lado, algunos varones desarrollamos “círculos” de discusión, pequeños encuentros inorgánicos que hacen las veces de grupo de autoayuda, donde podemos sentirnos seguros, “confesar” nuestras violencias y bucear en nuestros sentimientos hasta encontrar las semillas del miedo a la diversidad y del odio a la mujer.

Estas experiencias, descubrimos, se popularizaron entre los varones que nos sentimos interpelados por la cuarta ola, y ayudaron a muchos a poder ver en sí mismos lo que no querían de la sociedad en su conjunto. Los otros somos un espejo donde mirarse, a fin de cuentas. Con un poco de ayuda de los amigos, transformando la fraternidad de un dispositivo de segregación a una herramienta de acompañamiento genuino, honesto, amoroso y sensible. Ahí muchos pudimos descubrir cómo nos hicimos los varones que somos, primer paso para dejar de serlo.

El otro camino que se explicitó durante el encuentro fue el de las organizaciones, sindicatos y agrupamientos humanos en general. En ese sentido, pensamos al hombre como parte de un colectivo que se obliga a rediscutirse para modificar las interacciones que se dan hacia sus adentros.

Allí, se cristalizó también un camino predilecto, recorrido por todos en distintos lugares pero casi al mismo tiempo: el espacio de reflexión orgánico. En estos encuentros, los varones que pertenecemos a un colectivo compartimos los debates que las compañeras impulsan, en la búsqueda de la tan ansiada deconstrucción. Cobra aquí una importancia mayor el estado del debate en el grupo humano, y la presencia de denuncias que resquebrajan los lazos. Conservar la salud emocional del espacio en su conjunto suele ser el objetivo primordial, sin dejar de discutir los temas que los feminismos nos obligan a poner sobre la mesa.

Ante la evaluación posterior, estos espacios resultan un poco superficiales, teóricos y asépticos, pero destacamos su importancia para aquellos que apenas se atreven a mojarse los pies. De todos modos, advertimos que el mar está embravecido, y aquellos que no se zambullan por voluntad propia acabarán revolcados por las olas.

Es que, al final del día, la única conclusión que alcanzamos es necesaria, urgente, insoslayable: tenemos que reflexionar. Tenemos que leer, tenemos que repensarnos, tenemos que acordarnos, tenemos que desarmarnos y volvernos a armar, y fundamentalmente tenemos que escuchar. A las mujeres, a las disidencias. Tuvimos nuestro tiempo de acción y lo dedicamos a violentar todo lo que no fuera como nosotros. Ahora nos toca otro rol. Ha llegado el momento de que el protagonismo de la historia tenga otros nombres y otras caras.

 

 


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