Las brujas necesitamos a las brujas

Por Belén Castrillo*

Cuenta la historia que a las brujas que quemaron en la Inquisición las acusaban de ayudar a las mujeres a satisfacer lo que hoy entendemos como derechos sexuales y (no) reproductivos, a seguir sus deseos, proyectos, necesidades. A garantizar el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Y no solo eran las amigas aborteras, sino que, principalmente, eran las parteras que acompañaban a las mujeres durante sus embarazos, trabajos de parto, partos y puerperios.

Hace doscientos años la revolución industrial, el apogeo del capitalismo y la emergencia de la corporación médica occidental hicieron lo suyo para correr a las parteras de la atención obstétrica, institucionalizarla, profesionalizarla (pedir certificaciones es de las formas más eficientes que ha inventado el patriarcado médico para excluirlas) y medicalizarla por completo. El parto dejó de ser un hecho sexual, privado, femenino, intuitivo, saludable, fisiológico, colectivo y comunitario, para volverse un hecho médico, institucional, intervenido, patológico, riesgoso, peligroso, traumático. Doscientos años instalaron el mito obstétrico que sostiene que las mujeres ya no tenemos capacidad física para parir (por eso más de la mitad de nuestrxs niñxs nacen por cesárea), que el dolor del parto es lo peor que nos puede pasar, que necesitamos la intervención médica, que no somos dueñas ni protagonistas de nuestros partos ni de nuestros cuerpos y procesos reproductivos. Más aún, que los partos no pueden ser placenteros y hasta orgásmicos.

Pero entonces, una vez, un nuevo movimiento brujeril hace décadas comenzó a cuestionar dicho mito. Una rama del feminismo ha conseguido que, incluso, en 2004 se sancionara lo que conocemos como “ley de parto respetado” en nuestro país que establece los derechos de las mujeres y familias en el parto. Y que en 2009 se estableciera que vulnerar dichos derechos es incurrir en violencia obstétrica, tipificada como una de las seis modalidades de violencia contra las mujeres. Así que en Argentina tenemos un entramado normativo de avanzada, que ha servido de modelo de imitación para otras regiones. Pero las leyes no destruyen los mitos, a esos los tenemos que destruir de a poco, cotidianamente.

Un modo es cada mayo, en la Semana Mundial por el Parto Respetado, y en cualquier otra semana del año, trabajar en la difusión de los derechos que tenemos, porque a partir de la información y el conocimiento vamos a poder empezar a identificar distintas situaciones naturalizadas como expresiones de violencias, y de ese modo podremos denunciarlas y cambiarlas. Y podemos aprovechar estos espacios. Tenemos derecho a estar acompañadas por la persona que queramos en el parto (sea vaginal o cesárea); a elegir la posición para parir (querer parir acostadas es como querer cagar acostadas, antinatural, anti ley de gravedad, antifisiológico, sólo explicado por la hegemonía médica y su comodidad); a que no nos separen de nuestrx bebx ni bien nace (pueden medirlo y pesarlo dos horas después); a tener un parto natural y respetuoso de los tiempos (basta de deadlines que suponen que el desencadenamiento del parto es una decisión voluntaria y desconocen que hasta la semana 42 podemos nacer en buenos términos); a que nos informen de la evolución de nuestros procesos reproductivos para decidir informadamente a qué nos queremos someter. Se trata de recuperar la autonomía sobre nuestros cuerpos durante los nacimientos de nuestrxs hijxs.

Conocer nuestros derechos lleva a comenzar a cuestionar la autoridad y el saber-poder médico y a empezar a deconstruir la idea que nos hace pensar que son ellxs los protagonistas en la escena del parto. Importante: el parto es un evento hormonal, cuyo desencadenamiento requiere de ciertas condiciones (calor, seguridad, oscuridad, confianza) y que ocurre en los cuerpos, emociones y úteros de las mujeres. Quienes hacen los partos son ellas y lxs bebxs, solo en casos necesarios (el 90% de los partos son de bajo riesgo) es necesaria la asistencia de profesionales médicxs.

Por eso necesitamos a las brujas. Para desmedicalizar y humanizar los nacimientos. Para deconstruir los mitos obstétricos que asemejan los partos a situaciones traumáticas, urgentes, descontroladas, dolorosas, de vulnerabilidad extrema. Para volver a la fisiología. La OMS y el entramado de normativas nacionales y provinciales sobre atención al parto normal suponen que las parteras son quienes deberían atender la mayor cantidad de nacimientos, que son de bajo riesgo. Esto, claro está, implica una pérdida de una parcela de poder fundamental para la corporación médica y ahí encontramos las principales resistencias. De hecho, algunas agrupaciones colegiadas de obstétricas salen a hacer una nueva caza de brujas de las doulas, en una paradójica situación de disputa profesional.

Así las cosas, mientras las internas profesionales de los equipos obstétricos y los tiempos y exigencias institucionales gobiernan y gestionan nuestros partos, la SMPR viene a decirnos que el poder de parir está en nosotros. Desconociendo que nuestrxs médicxs estudian/aprenden sobre los cuerpos de mujeres pobres en las maternidades públicas (metiendo dedos en sus vaginas, cortándolas, suturándolas); que hay mujeres que eligen ir a cesárea por efecto del relato dominante sobre lo que es parir y el miedo al dolor en el marco de la cultura de la pastilla; y, principalmente, que la información es el principal capital a disputarle a una de las instituciones más anquilosadas en la modernidad.

Podemos parir, podemos hacerlo con placer, acompañadas, más fisiológica e intuitivamente. Podemos ser brujas de nuestros nacimientos, porque tenemos el derecho y el poder para hacerlo. Pero solas no podemos, la deconstrucción es colectiva, feminista y hermanadas, para recuperar el protagonismo en nuestros partos.

*Socióloga, becaria doctoral del CONICET. Investiga sobre atención médica de embarazos y partos en la ciudad de La Plata, relevando experiencias de mujeres, varones y profesionales de la salud sobre los distintos modelos y ámbitos de atención.
Es feminista, humorista y nuestra bruja de los datos locos.

Belén-Castrillo.-FOTO-CONICET-Fotografía

Foto de nota extraída del libro “Brujas, parteras y comadronas” de Ehrenreich.


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