La escritura en el cuerpo de las mujeres chilenas

En Chile el conflicto armado impacta, una vez más, sobre el cuerpo de las mujeres. Como alguna vez lo hicieron las que se reunían a bordar arpilleras hoy las chilenas resisten y denuncian la violencia sexual por parte de las fuerzas armadas.

Por Dalia Cybel para El Grito del Sur

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En 1973, con el derrocamiento de Salvador Allende, en Chile comenzaron a formarse grupos de mujeres que se reunían a bordar arpillera. En estos espacios se aunaban a muchas de aquellas que tenían familiares desaparecidos. Se trataba de personas pobres por lo cual ante la falta de espacio propio se reunían en la Vicaría de la Solidaridad, institución de la Iglesia católica creada en 1976 con el objetivo de proteger los Derechos Humanos. La desaparición de sus maridos generó un movimiento en la economía de estas mujeres quienes, además de estar encargadas de los trabajos domésticos no remunerados, pasaron a hacerse cargo también del ingreso monetario y el sostén anímico de un grupo familiar atravesado por la violencia. En este panorama las piezas de arpillera cumplían dos funciones: por un lado representaban un ingreso para las familias de zonas periféricas de Santiago, por otro, funcionaban como una manera de canalizar el dolor y mantener viva la memoria.

“La aguja, las telas y el hilo se convierten en vehículos activos que transmiten un mensaje y que relatan una historia diaria. La mujer de la población, antes pasiva, sumida en el lavado y en el cuidado de numerosos hijos, se convierte en el sostén de la familia, en la fiel expositora/participante de los males que acechan al pueblo y en valiente denunciante”, explica Marjorie Agosti en su trabajo `Agujas que hablan: Las arpilleristas chilenas´.

En los bordados de arpillera, a los retazos de tela rasposa y los hilos de colores saturados, se les sumaban trozos de ropa de los desaparecidos. A través de estas telas, las mujeres chilenas lograron transmitir lo que sucedía en sus territorio de manera subrepticia mientras -al igual que en todas las dictaduras del Plan Cóndor- los medios de comunicación masiva repetían los discursos oficiales.

Las arpilleras funcionaron como registro documental y lograron hilvanar un arte de la precariedad que evidencia, una vez más, la potencia y organización femenina. De autoría anónima, las arpilleras no podían venderse en el país pero igualmente fueron expuestas en el exterior y, años después, revalorizadas como piezas artísticas.

Como explica Agosti “las arpilleras representan un diálogo constante con los desaparecidos: la relación de las mujeres con sus creaciones ha llegado a ser un hilo que conecta a los muertos con los vivos”.

Las telas pobres, los hilos gruesos y la estética aniñada que las hacía pasar por imágenes inocentes le dieron voz a quienes la dictadura silenció. Lograron convertirlas en enunciadoras de una realidad extremadamente violenta sin necesidad de recurrir a la espectacularización. La arpillera se convierte, entonces, en el medio para un mensaje de resistencia y encarna otra forma de lucha, haciendo pervivir la memoria de los desaparecidos. Pero además, las reuniones de costura generaron espacios de encuentro para que las mujeres entretejieran tramas de acompañamiento.

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Décadas después, la violencia militar vuelve a vomitarse por sobre las calles de Chile. En las redes sociales las mujeres denuncian. “Igual que en la dictadura, hay madres desesperadas que buscan a sus hijos y a sus hijas por los tribunales de justicia. Hay varios menores de edad. Hemos visto videos de cómo tiran los cuerpos. Todos creemos que son las víctimas que están tirando en los incendios para borrar cualquier rastro”, cuenta Patricia, pobladora de Santiago de Chile, reproducida por el medio a La Guacamaya Roja. “Les han metido la punta del fusil en la vagina y las han amenazado con violarlas y luego a asesinarlas”. Según fuentes de la prensa local ya llegan a 12 las denuncias de mujeres violadas. Según el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) el día de ayer hasta las 12 horas había 2138 personas detenidas, entre ellas 243 niños, niñas y adolescentes y 407 mujeres.

Gema Montiel, es docente feminista chilena, sobre la situación en su país explica “Cuando una mujer es detenida es expuesta a un sin fin de situaciones. Cuatro estudiantes secundarias fueron sacadas de sus clases, una logró escapar pero las otras fueron llevadas a una comisaria y violadas. Después está el relato de una mujer en La Florida que fueron desnudadas, le sacaron su ropa interior y les revisaron el ano. La mayor cantidad de detenidas son mujeres y la mayoría a denunciado violaciones y tocaciones por parte de la policía”

En el texto `La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez´, la antropóloga argentina Rita Segato asegura que toda violencia incluye una dimensión expresiva y por lo tanto, como gesto discursivo, lleva una firma. “La violencia constituida y cristalizada en forma de sistema de comunicación se transforma en un lenguaje estable y pasa a comportarse con el casi-automatismo de cualquier idioma”. Segato continúa páginas después: “Ha sido constitutivo del lenguaje de las guerras, tribales o modernas, que el cuerpo de la mujer se anexe como parte del territorio conquistado”.

En Chile la revuelta popular se despierta, drena como la pus de una herida. Es un síntoma más de insurrección, pero también una arcada al neoliberalismo que se extiende en la región. En Chile el agua está privatizada, el 98% del salmón que se produce es para exportación y el 50% pertenece a la empresa noruega Marina Harvest, mientras que el 61,4% de la minería está en manos de capitales extranjeros. Para el año 2017 las exportaciones forestales ascendieron a los 5376 millones de dólares, y entre los grupos Angelini y Matte recaudan el 73,6% del total.

Si del pinochetismo a hoy los modos de comunicación han cambiado, las violencias sobre los cuerpos feminizado se perpetúan. Si las plataformas informáticas generan una ilusión de democratización, los fusiles penetrando vaginas evidencian que las milicias conservan su sadismo descarnado. Si bien en su apariencia formal el neoliberalismo se presenta como un régimen democrático, opera sobre los cuerpos y las cuerpas como tortura esclavizante dejando a la población expuesta a elegir entre sometimiento, precarización o pobreza .

Las nuevas derechas impactan sobre las dermis de mujeres y disidencias. Las endeudan, las precarizan, las objetivizan, las violentan, las acosan. Explícita e implícitamente las violan.

Hace cuarenta años como hoy las mujeres y disidencias se organizan para alzar la voz, logrando que el mensaje atraviese la cordillera. Hace cuarenta años como hoy el falogocentrismo patriarcal se impone sobre estos cuerpos con aún más crueldad que sobre los de los varones cis. Hace cuarenta años como hoy los feminismos latinoamericanos, excluidos, empobrecidos, mestizos, originarios, afros, forman redes para romper el aislamiento, plurinacionales.

“Paco fascista, tu hija es feminista” dicen que dicen las paredes chilenas.

Hace cuarenta años como hoy la derecha empapa de sangre el asfalto.

Y Latinoamérica feminista,

herida,

combate en las calles.

 


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